



Encías Quemadas de Natalia Velarde
Reservoir Books. Cartoné; 208 páginas; 24,90€.
Hay veces en las que tu mano escribe automáticamente un «me ha dejado sin palabras», y sin embargo ocurre precisamente lo opuesto: podrías escribir, y escribir, y escribir y escribir sobre ello. Es lo que me ocurrió al cerrar la primera obra larga no-autopublicada de Natalia Velarde.
Y cuando iba por la mitad.
Y cuando llevaba doce páginas.
Encías Quemadas es una de esas obras por las que tiene sentido el Arte. De las difíciles de encontrar, porque hemos de bregar con unos tiempos de industria explotadora, capitalista, que busca la inundación de la estantería y la supervivencia a corto plazo, olvidándose de nutrir la creación. Es una muestra de lo que se puede hacer con apoyo, de lo que puede llegar a nacer si se deja que una artista simplemente… haga. Es una obra que hace que valga la pena leer cómics. Que valga la pena seguir leyendo cómics por siempre jamás, y ver cómo se siguen forzando límites, se sigue sorprendiendo, se sigue destrozando. Porque Encías Quemadas es demoledora. Puede haberme destrozado, pero, paradójicamente, también significa «esperanza». Esperanza en las historias, el arte, la innovación, la sorpresa, el traspaso de barreras. En que los corazones nunca se conviertan del todo en piedra, pese a todo.
Todo aquí es puro Velarde. El trabajo de texturas, tanto en fondos como en bocadillos, que solo puedo definir como «magia». La rotulación caligráfica, preciosa, única, abigarrada pero perfectamente inteligible. El equilibrio entre dinamismo narrativo e ilustración, una preciosidad en la que estiran y aflojan el clasicismo y lo cartoon. Es inesperado, es increíble, y funciona. Huele a una nueva vía narrativa que se abre. Es lo más valleinclanesco que he leído en mucho tiempo. Es como tropezarte y caer en Cool World (1992), aquel noventero híbrido de acción real y animación, pero siendo dicho mundo una mezcla postapocalíptica heredera del absurdo existencial del Errata Stigmata de Beto Hernández y las fábulas demenciales (y terroríficas, para algunos de nosotros) como la Alicia en el País de las Maravillas de Disney. Y por supuesto: Mago de Oz, Historia Interminable y cualquier viaje iniciático de nuestros años formativos en los que descubríamos la crueldad. La mezcla de lo épico y lo patético confluyen aquí de una forma que solo recuerdo haber visto explorar a Santiago Valenzuela en Las Aventuras del Capitán Torrezno, aunque jugando a un juego diferente. Una buddy-movie quijotesca (lupina y visceral como siempre es lo de Natalia), cuyo inicio está imbricado en el dolor de nuestra propia cotidianeidad y dónde depositamos nuestro(s) amor(es) y el peso de nuestra existencia, siempre maravillosa pero maldita; mientras que su final se ubica en lo más atómico de los mitos y la creación de las historias. Y en cómo nos refugiamos en ello… ¿para escapar del dolor? ¿Para evadirnos? O quizás porque todo es una misma cosa. Y quizás les exijamos demasiado, porque la alternativa sería exigírselo a nosotres mismes.
La composición, los planos, la fluidez de la temporalidad… deberían ser confusos, pero no lo son. En manos de otra persona esto podría no haber significado nada, y haberse quedado en un ejercicio de estilo: «este es mi arte, mis movidas; yo dibujo así, y yo me entiendo». La pictórica y surrealista propuesta de Velarde nunca ha sido fácil, y su obra fanzinera entra en lo que a veces llamamos «café para muy cafeteros». Algo que apela a paladares muy concretos en lo visual, que puede ser extremo, que es sin duda rompedor y que, por encima de todo, es suyo y de nadie más. Heredera quizás del Sienkiewicz más demencial, del Brecht Evens más infantil, oscuro y animal, pero también de la Emma Ríos que mejor fusiona su dibujo y su alma.
A veces, propuestas como estas pueden ser tan personales que requieren de una conjunción astral, de una casualidad muy especial, para que obra y lectores comulguen. Para que podamos entender correctamente el motor creativo que lo pone en marcha. Pero aquí entendemos. Entendemos el texto, entendemos el subtexto, y seguramente haya más subtextos que se nos escapan o que quedan abiertos a diferentes interpretaciones según la experiencia vital de cada une. Es una nueva forma de narrar el duelo y el pesar existencial que puede no penetrar en todes con la misma intensidad, pero que no admite dudas. El camino es satisfactorio, es conmovedor, y lo más importante: el sentimiento es cristalino. Y si no es así, que me expliquen por qué estallé en llanto, una auténtica explosión de llano, inesperada hasta para mí, con tan solo girar una determinada página. De cero a cien en una viñeta. Es algo que no me había ocurrido nunca. ¿Llorar y sentir con un cómic? Por supuesto. ¿De esta manera? Jamás.
Encías Quemadas te deleita, te conmueve y te hace daño para recordarte que estás vivo. Te zarandea en el eje vertical, el horizontal, en diagonal y en distintos planos, y todo ello sin perderte. Y creedme, hay momentos en los que es un milagro no perderse, porque la propuesta no solo es sincera, sin que es lúdica, tanto en lo narrativo como en lo textual. Y por ello considero que no solo es probablemente la mejor obra en lo que llevamos de año, una obra con mimbres de Premio Nacional, sino que es también uno de los cómics más increíbles que he leído y que mejor fusiona lo personal, lo ficticio y lo coyuntural, mientras no deja de forzar los límites del lenguaje secuencial. Algo a lo que quizás no todo el mundo da el mismo valor, lo sé. Pero yo no solo se lo doy, sino que también creo que lo da la Historia.
A veces, ante una de estas lecturas, solo queda en tu cuerpo pedir/ofrecer un abrazo, cuando se pueda. O un leve gesto de asentimiento desde la distancia. Un reconocimiento de que estamos compartiendo existencia y momento. Que nos entendemos y nos alegramos por ello.
Y dar las gracias.